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miércoles, 8 de octubre de 2014

Finales


Hay sensaciones que no se pueden medir en un cuerpo y se necesita otro.

Respiras aire entre gente que respira sueños y sueñas viviendo y ya no sabes si vives soñando.

Y todo se resume en unas manos que nunca han conseguido resumirse, en una ecuación que nunca ha conseguido resolverse. En una canción que nunca ha podido acabarse.

En un libro sin escribir.

En una historia entre tú y yo.

Créeme.

Los finales nunca son bonitos.

lunes, 15 de septiembre de 2014

(Re)conocernos.

He dedicado demasiadas noches de insomnio a pensar en los días perdidos.
Un piano cayendo por un balcón es una metáfora de cuando yo corro a buscarte.
Un violín desafinado no para de tocar cuando me fumo el cigarro justo antes de (no) dormir.

Mira, un pájaro sin alas también puede volar, ¿cómo no lo voy a hacer yo?
Cuando destruyo todo lo que me queda soy realmente libre y pienso en tu celda olvidada y oxidada.

Tira las llaves, ya no hay nadie a quien encerrar y que se vuelva loco.

Podría hacer un monólogo entero de cuando te acercabas con una bandeja de plata a darme de comer mi propia cabeza. Te has ganado la propina: mi corazón.

Odiaba cuando veía luz por la pequeña ventana que había en la pared justo al lado del podrido váter.

Luz significa sol. Y sol significa día. Y contar los días significaba que seguía teniendo alguna manera de contar el tiempo.

Y eso fue lo que abrió la puerta de la celda. Contar el tiempo.
Cuando estás encerrado en unas paredes que sólo hablan de toxicidad.
De unas paredes que parecen manos.
De manos que te encierran y de voces que llaman a eso amor.

Cuando vives rápido y estás acostumbrado a correr.
Te meten en una habitación y la puerta la cierras tú mismo.
Como cerrar un puño hasta apretar. Con tanta fuerza que parece que va a romper.
Imbéciles, anegados, torpes, tóxicos mutuamente.
Creemos hasta doler. Y dolemos hasta destruir.

Abro la puerta y salgo de tu cárcel. La luz me ciega.
A veces, es bonita la oscuridad.

Comprendo que alguien está cantándonos un réquiem en algún lugar del mundo en el que nunca hemos estado.

Y cuando digo comprendo, digo que imagino, porque la luz sigue sin dejarme ver.

Imagino las cosas, que no las comprendo.

Después, doy un paso al frente. Alguien me ha empujado.

Reconozco tu olor.
Reconozco tu dolor.


lunes, 18 de agosto de 2014

Esquinas dobladas a la vuelta de la esquina.

He intentado empezar a escribir esto de nueve formas posibles y, esta, creo que es la definitiva porque estoy empezando diciéndote los errores y eso es un acierto que echaré de menos. Hoy he pasado por dieciséis esquinas andando.  Sí, sé que son pocas, pero he cogido el coche para ir a casi todos los sitios en los que he estado. He doblado sólo cuatro. Dos para ir y dos para volver, pero me hubiera gustado doblar las dieciséis porque tenía todo el tiempo la sensación de que en la siguiente calle estarías tú con esa sonrisa devastadora de cien tiempos de sonata de Beethoven irrumpiendo en el Nueva York de los años 20 como si fueras una canción de jazz, o un poeta, o creyeras que las musas tocan a tu puerta. Y tú, triunfante, decides no estar.

En ninguna puta vuelta de ninguna puta esquina.

Putas, ¿en las esquinas? Muchas.

Tú no.

Hoy he leído ochenta páginas del libro Kaddish de Allen Ginsberg. De esas ochenta he doblado tres esquinas. Esas tres páginas me recordaban a ti. Quizás, si no se hubiesen escrito hace casi cien años te diría que él habla de ti. Pero no. Él me habla a mí. Y lo que me dice eres tú.  Creo que hubiese aguantado un terremoto o que una casa se cayese sobre mí el momento en el que he leído eso de que <<la locura es una estafa de mutuo acuerdo>> porque tú nunca me diste ningún contrato, ni me diste la mano para cerrar acuerdos para acabar con la locura, ni para cerrar heridas, ni para borrar historias, ni para cicatrizar. Ni para nada. El caso es que he doblado las esquinas de esas hojas porque me encantaría leértelas un día y decirte que ese verso me recordó a cuando girabas la cabeza para dar caladas o cuando rezabas a los pies de la cama a un Dios que no existe o cuando mirabas Madrid o preguntabas que qué hacía aquí. Estaba mirándote. Y ojalá agotar la vida y los ojos y el mundo y los colores y las palabras y los aviones para mirarte. Ojalá todos los aeropuertos llevaran donde estás. No sé, me da igual. A veces bebo demasiada cerveza y otras veces escribo demasiado sobre ti. Yo no llamaría al alcohol droga, fíjate.
Todo esto te lo digo porque quería hablarte de la ciencia de doblar esquinas. Creo que voy a hacer carrera en ello.

No paro de doblar esquinas y no te veo en ninguna.
No paro de doblar esquinas y te leo en todas.

A veces creo que dejaría de andar, para no verte.
A veces creo que no dejaría de leer, para recordarte.


Y entonces tiraría el libro, con todas las esquinas de las páginas dobladas y me pondría a correr.

Doblaría todas las esquinas que hicieran falta hasta llegar a tu casa.

miércoles, 13 de agosto de 2014

El Credo.

Creo en Dios y en las mentiras.
Creo en la inmortalidad de los mortales.
En las palabras que golpean.
Creo en un mundo lleno de gente buscando a gente.
Creo en el amor de la forma más bruta posible,
de esa forma que alguien es capaz de romperte
sin mover un dedo.
Creo en esa barbarie de que ocurran las cosas
por pura casualidad.
Y qué mala suerte que nosotros nunca fuéramos casuales.
Siempre tan puntuales, tan seguros del casual destino.
Creo en la ciencia de la religión,
creo en verte tomar el café y las cervezas,
y rezarte para que vuelva a ocurrir.
Creo en los hilos cosidos a las manos
y creo en las marionetas que los rompen,
creo en la tristeza del verano
en el calor del invierno
cuando te veo regalar primaveras
y colorear otoños,
haciendo llover hacia arriba,
cosiendo las hojas caídas de los árboles, como un niño pequeño obcecado
en que el juego no termine nunca. 

Creo en la niñez del adulto, 
en que Wendy nunca cerró la ventana
 y en que Peter creció, envejeció y murió en su cornisa. 

Creo en la tristeza extrema de la felicidad 
en el frío absoluto del desierto de los cuerpos, 
en las palmeras desafiando al cielo. 

Creo que Madrid es la chica más guapa que existe, 
dejadla dormir, miradla qué bonita, así, soñando. 
Creo en que no está muerta. 
Creo en la fugacidad de lo inmortal, 
y en la eternidad de lo efímero. 

Creo en las fotografías, 
en el pop, 
en el rock and roll, 
en Pedro Salinas. 
Creo en el cine, 
en la poesía, 
en verte amanecer cuando me miras, 
creo en la música 
y en suicidarse sin dejar de respirar. 

Creo en todo esto. 
Creo. De crear, no de creer. 
De creer, creo en que tú has creado todo esto.

lunes, 11 de agosto de 2014

El viaje de cogerse de las manos y la preciosa forma de pegarse un tiro y llamarlo amor.

Ayer viajé.
No me hizo falta surcar el cielo,
sólo alguien hizo un surco al respirar.
Ayer hice un viaje.
No me hicieron falta raíles de trenes,
sólo una estación para ver a gente pasar y nunca la persona correcta.
Ayer viajé. Sí.
Y no me hizo falta coger coche,
sólo unas manos.
Vaya viaje.
Vaya viaje el de dispararse a la cabeza y no sentir dolor, sólo dejar salir una canción triste.
Vaya viaje el de transportar mercancías peligrosas y llamarlas sentimientos.
Vaya viaje, a todo esto, el de suicidarse y despertarse en Madrid.
Yo siempre fui más de despertarme solo.

El caso es que ayer viajé.
Sentado, con mis manos en las manos de otra persona,
que sostenía todo en ese momento.
Yo mirando y viajando,
así se viaja,
comprendiendo que la mejor forma de huir
la tenemos en la cabeza y no en los pies.
Viajaba constantemente imaginando que soñaba,
ya ingrávidos, por cualquier mundo que no era este,
pero que no hubiese gravedad
se lo debía a la persona que estaba enfrente,
sosteniéndome las manos.

Ayer viajé, imaginando que volaba.
Y qué poco cuesta cuando miras a los ojos.
Ahora creo que seguí un camino al viajar,
no eran curvas de caderas,
ni curvas de sonrisas,
ni arrugas de reír;
eran cicatrices.

Vaya viaje el de seguir cada una de las marcas
y los daños de una persona
y acariciarlos
como si fueran su bien más preciado.

Y lo es.

Porque vaya viaje el de ser cicatriz,
el de ser daño curado pero sensible,
el ser piel nueva sustituyendo a la herida.
Vida a la herida.
Larga vida a esa pistola,
a esa espada clavada,
a esa bomba accionada.

Lo que no nos damos cuenta es que
cuando volvemos del viaje,
cuando las manos se separan,
volvemos a la realidad.
Guerra.
Y entonces las pistolas
se convierten en armas letales
en forma de palabras,
las espadas en esquivos
y la bomba en un "adiós".

A quien le gusta la adrenalina
le gusta volver del viaje de cogerse las manos,
dispararse en la sien y olvidar.
Yo soy más de clavarme la espada,
de detonarme la bomba,
de mirarme al espejo,
ya moribundo,
enclenque
y sonreír.

Cuando estás apunto de morir, en el amor, es que has ganado la batalla.

No mires atrás,
seguro que hay alguien apuntándote
con una pistola a la cabeza,
dispuesto a pegarte el tiro que acabe

matándote.

De amor.

jueves, 10 de julio de 2014

YAYO.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
los tatuajes y toda la
tinta que hay por tu piel.
Yonquis de ojos abiertos,
así es como pasamos
todas las noches cuando
no podemos recorrernos.
Un coche a ciento sesenta
cruza sin mirar,
semáforos en rojo y
el alcohol vuelca el vaso.
Tú sigues bebiendo y 
qué catástrofe mirarte.
Heroína de la parte 
de los villanos,
ven a salvarme.

Noches de insomnio
que limitan el infinito
y hacen entrevistas 
al subsconciente,
que firma y se hace 
fotos con sus fans:
la razón y el corazón.

Hola, cielo,
llámame cuando llegues.
Te he estado hablando
para que no fueras 
tormenta.

Tarde.

Ya llueves.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
todas esas formas de
estropearme de la
manera más bonita
que he visto.

Hola, cielo.
Eres una pista de
aterrizaje mal señalada.
Un semáforo en ámbar.
Un túnel de luces
en medio de una 
noche oscura.

Un gramo y ya
casi floto y casi
vuelo desde ti.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
el simple y único hecho
de que te necesito
como cuando te abrazan.

Llámame yonqui.
Puede ser, no lo niego.
Porque tengo síndrome de abstinencia.
Y estoy deseando morirme de sobredosis.

De ti.


viernes, 4 de julio de 2014

Las chicas tristes no necesitan ecuaciones.

Necesitaba una historia que fuera algo así como una despedida sin aviones, sin relojes que se paran, ni cartas. Una despedida de las de verdad. Con cuchillos volando y provocando cortes, que cicatrizarán y dejarán marca.
Sí, necesitaba una despedida que hablara de gente esquivando los cuchillos de otros y clavándose los propios.
No sé por qué, pero necesitaba algo así. Estaba cansado de chicas tristes y chicos humo. De gente que se reúne en un bar para prostituir versos por un par de copas. De gente bailando música y bailándole al agua. Quería gente que bailara el fuego y no se quemara.
Necesitaba una chica capaz de cualquier sacrificio. Alguien que diera la cabeza por un roce. Imaginaos el destrozo. Una chica que sonriera todo el rato, ¿por qué no? Eso también es triste. Necesitaba una chica tímida y desgarrada, con ojos tan intensos como cuando solucionas una ecuación. Necesitaba una chica incógnita que nadie la lograra despejar. Qué te voy a decir, sería una chica difícil para alguien a quien no le gustaran las matemáticas, porque ella no paraba de restar. De restar personas. Y de hacer problemas con el tiempo y cómo llegar; o si salía ahora de su casa y otra persona desde la otra punta de la ciudad a qué hora exacta coincidirían para mirarse. Los típicos problemas de trenes entre Madrid y Barcelona, pero con un encuentro todavía más catastrófico.
El caso es que necesitaba una chica complicada, que sonriera; y eso fuera triste. Que tuviera ese sexto sentido que le permitiera ver lo que ocurría atrás cuando estaba mirando al frente. Y necesitaba que aunque estuviera bailando con los de delante, no parara de echar de menos lo que veía detrás.
Creo que casi ya tiene nombre propio, porque entre todas las chicas-aeropuerto que he conocido en mi cabeza esta tiene algo que me emociona. La veo. Quiero decir, creo que la miro a los ojos cuando la pienso. Y la veo. Quiero decir, creo que la miro echarse un mechón de pelo hacia atrás mientras sonríe triste. Y la veo. Tan cobarde que tiembla. Y la veo. Que no duda cuando se pone la pistola en la cabeza y la veo apretar el gatillo.

Y la veo.
Ser valiente es cuestión de saber echar de menos.