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miércoles, 13 de agosto de 2014

El Credo.

Creo en Dios y en las mentiras.
Creo en la inmortalidad de los mortales.
En las palabras que golpean.
Creo en un mundo lleno de gente buscando a gente.
Creo en el amor de la forma más bruta posible,
de esa forma que alguien es capaz de romperte
sin mover un dedo.
Creo en esa barbarie de que ocurran las cosas
por pura casualidad.
Y qué mala suerte que nosotros nunca fuéramos casuales.
Siempre tan puntuales, tan seguros del casual destino.
Creo en la ciencia de la religión,
creo en verte tomar el café y las cervezas,
y rezarte para que vuelva a ocurrir.
Creo en los hilos cosidos a las manos
y creo en las marionetas que los rompen,
creo en la tristeza del verano
en el calor del invierno
cuando te veo regalar primaveras
y colorear otoños,
haciendo llover hacia arriba,
cosiendo las hojas caídas de los árboles, como un niño pequeño obcecado
en que el juego no termine nunca. 

Creo en la niñez del adulto, 
en que Wendy nunca cerró la ventana
 y en que Peter creció, envejeció y murió en su cornisa. 

Creo en la tristeza extrema de la felicidad 
en el frío absoluto del desierto de los cuerpos, 
en las palmeras desafiando al cielo. 

Creo que Madrid es la chica más guapa que existe, 
dejadla dormir, miradla qué bonita, así, soñando. 
Creo en que no está muerta. 
Creo en la fugacidad de lo inmortal, 
y en la eternidad de lo efímero. 

Creo en las fotografías, 
en el pop, 
en el rock and roll, 
en Pedro Salinas. 
Creo en el cine, 
en la poesía, 
en verte amanecer cuando me miras, 
creo en la música 
y en suicidarse sin dejar de respirar. 

Creo en todo esto. 
Creo. De crear, no de creer. 
De creer, creo en que tú has creado todo esto.

lunes, 11 de agosto de 2014

El viaje de cogerse de las manos y la preciosa forma de pegarse un tiro y llamarlo amor.

Ayer viajé.
No me hizo falta surcar el cielo,
sólo alguien hizo un surco al respirar.
Ayer hice un viaje.
No me hicieron falta raíles de trenes,
sólo una estación para ver a gente pasar y nunca la persona correcta.
Ayer viajé. Sí.
Y no me hizo falta coger coche,
sólo unas manos.
Vaya viaje.
Vaya viaje el de dispararse a la cabeza y no sentir dolor, sólo dejar salir una canción triste.
Vaya viaje el de transportar mercancías peligrosas y llamarlas sentimientos.
Vaya viaje, a todo esto, el de suicidarse y despertarse en Madrid.
Yo siempre fui más de despertarme solo.

El caso es que ayer viajé.
Sentado, con mis manos en las manos de otra persona,
que sostenía todo en ese momento.
Yo mirando y viajando,
así se viaja,
comprendiendo que la mejor forma de huir
la tenemos en la cabeza y no en los pies.
Viajaba constantemente imaginando que soñaba,
ya ingrávidos, por cualquier mundo que no era este,
pero que no hubiese gravedad
se lo debía a la persona que estaba enfrente,
sosteniéndome las manos.

Ayer viajé, imaginando que volaba.
Y qué poco cuesta cuando miras a los ojos.
Ahora creo que seguí un camino al viajar,
no eran curvas de caderas,
ni curvas de sonrisas,
ni arrugas de reír;
eran cicatrices.

Vaya viaje el de seguir cada una de las marcas
y los daños de una persona
y acariciarlos
como si fueran su bien más preciado.

Y lo es.

Porque vaya viaje el de ser cicatriz,
el de ser daño curado pero sensible,
el ser piel nueva sustituyendo a la herida.
Vida a la herida.
Larga vida a esa pistola,
a esa espada clavada,
a esa bomba accionada.

Lo que no nos damos cuenta es que
cuando volvemos del viaje,
cuando las manos se separan,
volvemos a la realidad.
Guerra.
Y entonces las pistolas
se convierten en armas letales
en forma de palabras,
las espadas en esquivos
y la bomba en un "adiós".

A quien le gusta la adrenalina
le gusta volver del viaje de cogerse las manos,
dispararse en la sien y olvidar.
Yo soy más de clavarme la espada,
de detonarme la bomba,
de mirarme al espejo,
ya moribundo,
enclenque
y sonreír.

Cuando estás apunto de morir, en el amor, es que has ganado la batalla.

No mires atrás,
seguro que hay alguien apuntándote
con una pistola a la cabeza,
dispuesto a pegarte el tiro que acabe

matándote.

De amor.

jueves, 10 de julio de 2014

YAYO.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
los tatuajes y toda la
tinta que hay por tu piel.
Yonquis de ojos abiertos,
así es como pasamos
todas las noches cuando
no podemos recorrernos.
Un coche a ciento sesenta
cruza sin mirar,
semáforos en rojo y
el alcohol vuelca el vaso.
Tú sigues bebiendo y 
qué catástrofe mirarte.
Heroína de la parte 
de los villanos,
ven a salvarme.

Noches de insomnio
que limitan el infinito
y hacen entrevistas 
al subsconciente,
que firma y se hace 
fotos con sus fans:
la razón y el corazón.

Hola, cielo,
llámame cuando llegues.
Te he estado hablando
para que no fueras 
tormenta.

Tarde.

Ya llueves.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
todas esas formas de
estropearme de la
manera más bonita
que he visto.

Hola, cielo.
Eres una pista de
aterrizaje mal señalada.
Un semáforo en ámbar.
Un túnel de luces
en medio de una 
noche oscura.

Un gramo y ya
casi floto y casi
vuelo desde ti.

Si empezara a decirte
lo que me gusta de ti
quizás empezaría por
el simple y único hecho
de que te necesito
como cuando te abrazan.

Llámame yonqui.
Puede ser, no lo niego.
Porque tengo síndrome de abstinencia.
Y estoy deseando morirme de sobredosis.

De ti.


viernes, 4 de julio de 2014

Las chicas tristes no necesitan ecuaciones.

Necesitaba una historia que fuera algo así como una despedida sin aviones, sin relojes que se paran, ni cartas. Una despedida de las de verdad. Con cuchillos volando y provocando cortes, que cicatrizarán y dejarán marca.
Sí, necesitaba una despedida que hablara de gente esquivando los cuchillos de otros y clavándose los propios.
No sé por qué, pero necesitaba algo así. Estaba cansado de chicas tristes y chicos humo. De gente que se reúne en un bar para prostituir versos por un par de copas. De gente bailando música y bailándole al agua. Quería gente que bailara el fuego y no se quemara.
Necesitaba una chica capaz de cualquier sacrificio. Alguien que diera la cabeza por un roce. Imaginaos el destrozo. Una chica que sonriera todo el rato, ¿por qué no? Eso también es triste. Necesitaba una chica tímida y desgarrada, con ojos tan intensos como cuando solucionas una ecuación. Necesitaba una chica incógnita que nadie la lograra despejar. Qué te voy a decir, sería una chica difícil para alguien a quien no le gustaran las matemáticas, porque ella no paraba de restar. De restar personas. Y de hacer problemas con el tiempo y cómo llegar; o si salía ahora de su casa y otra persona desde la otra punta de la ciudad a qué hora exacta coincidirían para mirarse. Los típicos problemas de trenes entre Madrid y Barcelona, pero con un encuentro todavía más catastrófico.
El caso es que necesitaba una chica complicada, que sonriera; y eso fuera triste. Que tuviera ese sexto sentido que le permitiera ver lo que ocurría atrás cuando estaba mirando al frente. Y necesitaba que aunque estuviera bailando con los de delante, no parara de echar de menos lo que veía detrás.
Creo que casi ya tiene nombre propio, porque entre todas las chicas-aeropuerto que he conocido en mi cabeza esta tiene algo que me emociona. La veo. Quiero decir, creo que la miro a los ojos cuando la pienso. Y la veo. Quiero decir, creo que la miro echarse un mechón de pelo hacia atrás mientras sonríe triste. Y la veo. Tan cobarde que tiembla. Y la veo. Que no duda cuando se pone la pistola en la cabeza y la veo apretar el gatillo.

Y la veo.
Ser valiente es cuestión de saber echar de menos.

domingo, 27 de abril de 2014

Cuando no se escucha el tic-tac, es que tú estás cerca.

La tormenta empieza cuando acaban las sábanas que hablan. Las camas deshechas. Las flores muertas. Las películas a medio ver. Las canciones a medio acabar. Tu barra de labios todavía en mi baño.

Ahí empieza la tormenta. Cuando todo es, pero no está.

Estremeces cada segundo cuando miras al reloj. Y él se acelera, sin querer. ¿Te imaginas al tiempo acariciándote? Luego tú te vas de él, como quien no es prisionero del tic tac. Como quien escapa corriendo asustado de verse reflejado en el cristal de aquel artilugio que rodea su muñeca.

Tic tac.
Y te abres,
eres como la primavera al invierno. Un destrozo para el frío, un tormento para la tormenta. Un rayo para las nubes. Una flor para un capullo que nunca se convierte en mariposa.

Tic tac.
Y te cierras,
eres una puerta rota llena de astillas. De agujeros, a través de los cuales puedes ver tus sentimientos. Pero el otro lado siempre está vacío.

Eres un lado de la cama, un regalo olvidado en el maletero de un coche abandonado, una puesta de sol teñida de rojo que todo el mundo fotografía. Eres una estela en el cielo hecha con humo de cigarros. Eres nervios justo antes de que empiece la función. Eres el telón que se cierra, la mano que se abre buscando caricias que lean sus líneas. Una mirada perdida que se busca a sí misma.

Tic tac.
El reloj se ha vuelto a parar.
Eso sólo puede decir dos cosas:


que se ha quedado sin pilas
o que tú estás lo suficientemente cerca para pararlo.

miércoles, 23 de abril de 2014

Cuenta atrás—Corazón bajo cero.


Os dejo el vídeo de mi anterior texto. Ha sido un ''porque sí''. Espero vernos pronto por estos lares.

Siempre se agradece la difusión por redes sociales.

lunes, 7 de abril de 2014

321

Nadie me ha dicho qué pasaba cuando el paisaje lo tenía dentro de la habitación y no fuera, cuando la taza de café quemaba demasiado, cuando echaba de menos demasiado, cuando me caía demasiado, cuando madrugaba demasiado, dormía demasiado, tenía demasiadas ojeras y no hacía lo suficiente para que volvieras.
Siempre me ha encantado el paisaje tercermundista que provocaba tu camiseta en mi suelo, tus pantalones en mi cabecera y yo muriéndome de hambre de ti. Para qué engañarnos, cuando entras a mi habitación hay material de sobra para hacer un documental sobre el huracán que provoca tu pestañeo, o los atardeceres de tus cruces de piernas, o cuando solo cruzabas de un lado a otro. Y empezabas a eclipsar cualquier foco de luz.
Espera, estoy empezando a hablar de eclipses y no paro de pensar en tus maneras de andar, retorciendo las calles rectas y convertiendo en avenidas callejones sin salida en los que estaba totalmente perdido. Has convertido selvas en desierto y has hecho nevar en pleno agosto, te has mojado con el fuego, y me has quemado con tu frío. Eso es eclipsar: ver llover hacia arriba y que el arcoiris se forme justo detrás de ti.


Deja ya de eclipsar.
Y vuelve a hacer amanecer en mi cuarto.