Ya basta de ver las cosas a través del cristal. Un día rompí la ventana para ver lo que había afuera y casi me ahogo de tanta realidad. Nadie sabe lo que es la lluvia si nunca ha visto llover, ni sabe cómo se acelera el mundo cuando te das cuenta de tu primer corte. Después todo son cicatrices y la lluvia es algo normal aquí dentro.
El caso es que llegó el día en el que volvía a estar harto de lo de afuera, de gente que no miraba dentro del cristal. Así que, aún sangrando, volví a coger los restos de ventana y uno a uno los intenté volver a poner. Nunca volvieron a estar como antes. Supongo que como todo.
Y de la ventana no paraban de entrar ráfagas de realidad a través de las imperfecciones. Los cristales nunca olvidan. Imagínate otras cosas.
Busco a tientas entre la oscuridad a tu plena luz tus manos que, aún inquietas, buscan cómo apagarme, cómo lograr bloquearme. No hay manera humana, bestial, ni inmortal de dejar de buscarte cuando me quedo a ciegas.
Te he dicho mil veces que nunca supe mirar a los ojos a nadie como a ti. En realidad no te lo he dicho, pero lo has visto. Creo que me quedaría en el suelo sentado junto a ti toda la noche cuando te cayeses. Y cuando te callaras, amaría el sonido del silencio que producen tus piernas cuando me enredan, tu cabeza cuando se apoya y el mundo dejando de existir.
Le hemos vencido pulsos tantas veces a la noche que ahora el día no aparece por aquí.
Busco a tientas entre la oscuridad y me quemo.
Quería escribir algo que sonara como un adiós y que no sonara ninguna canción de fondo.
Algo tranquilo, estable, una llamada de socorro de alguien que tiene que decirte adiós pero que no quiere.
La única razón eres tú.
No nos engañemos. Nunca fuiste lo suficiente ni demasiado. Nunca encajaste ni te sobraste. Te encanta jugar y yo he perdido hasta la piel.
Qué quieres que te diga, creo que nadie va a saber curar esto. Y no lo voy a magnificar ni a darle la grandeza que no tiene porque tú nunca sonreíste al besar, pero sí apretabas la mano al correrte.
Tal vez alguien pueda enamorarse de ideas, de conceptos elementales que haya generado su cabeza por motivos equis en los que tú no entras en la ecuación.
A mí nunca nadie vino a resolverme.
Para qué mentirte, si ya lo haces tú. Podría decirte las razones por las que me resultó interesante estudiar tu boca y podría escribir un libro. Lo juro. Pero parece que la humanidad la conoce mejor que yo y que han escrito una enciclopedia entera.
Querría decirte, también, que nunca jamás escribiría esto desde el rencor, ni desde el mínimo rincón de sentimiento que tenga de ti asomándome a algún recuerdo de cuando me abrazabas en la cama. Lo juro, porque si lo hiciera, estaría escribiéndote un réquiem y no una carta de despedida.
Podría hablar de mis manías convertidas en mirar las tuyas. Y del pelo, que ojalá pare de crecerte. Podría decirte con qué canción dormimos la primera vez juntos y con cual follamos un jueves de vuelta de fiesta.
Créeme, Madrid ya era bonita sin ti, aunque tú llegaras antes.
Mientras, solo me queda decir que la vorágine siempre llega, siempre pasa, siempre está alerta. Y a lo mejor viene para quedarse la semana que viene.
A doscientos metros de profundidad una sirena decide amputarse su mitad pez e intenta hacer vida de humana en las profundidades. Alguien la ha visto desde la orilla y empieza a nadar hacia el horizonte sin encontrar punto de fuga. Sonríe y se ahoga en su propio mar de perfectas incertidumbres que no paraban de crear caos entre tanta arena.
Al otro lado, en la zona más árida de la playa, alguien pica su propio anzuelo y se intenta pescar así mismo recordándose a la piedra con la que siempre caemos. Unos metros más allá, hay un niño creando pequeñas dunas que serían castillos si la arena estuviese en contacto con un poco del elemento líquido que ingerimos los humanos para sobrevivir.
Alguien grita ''te amo'' en otra parte del océano como llamada de socorro y nadie va a buscarle. El socorrista bebe cerveza y lee una revista erótica que enseña pezones y partes íntimas de donde provenimos todos nosotros. Alguien ha puesto música y nadie baila. Hay un matrimonio de edad tardía haciendo lo que muy pocos llamarían amor y hay una abuela tejiendo un jersey de lana a casi cuarenta grados centígrados.
Los animales parecen tranquilos: hay peces que saltan del agua para intentar cazar gaviotas y hay gaviotas que huyen hacia un lugar más alejado de la tristeza de que el agua sea azul porque el cielo es azul y que casi todas las excusas de este lugar sean por la reflexión de la luz. Infantiles, que no sabéis elegir vuestro propio color.
La calma total llega cuando un bañista sale del agua con un enorme animal marino muerto y lo exhibe como premio. Nadie aplaude ni se inmuta. El de más allá sigue intentando hacer paisaje cubista en este deforme lugar. Y se mira en un espejo cóncavo. El callejón del Gato hecho playa.
Madrid ya no es lo que era. Ya nadie se ríe cuando lo deforman.
Ser alguien que no somos.
Estar bien.
Parecer normal.
Y nunca funciona.
Recuerdo que al llegar ni me miraste, tú con esa sonrisa que calentaba a medio mundo y que soportaría cualquier derrumbamiento.
Las leyes de la física no paraban de ser desafiadas cada vez que bailabas.
Créeme que si algún tipo de baile debía el nombre a alguien debía ser a ti.
Me he acostumbrado a escribirte sin conectores y no sé por qué.
Habremos perdido la conexión.
Y la cobertura.
Y ahora los dos en modo avión.
A mí se me ha parado el motor
y tú sigues traspasando la barrera del sonido.
Alguien ha disparado,
los dos nos miramos.
Estás sangrando.
Yo lo llevo haciendo mucho tiempo.
Hay sensaciones que no se pueden medir en un cuerpo y se necesita otro.
Respiras aire entre gente que respira sueños y sueñas viviendo y ya no sabes si vives soñando.
Y todo se resume en unas manos que nunca han conseguido resumirse, en una ecuación que nunca ha conseguido resolverse. En una canción que nunca ha podido acabarse.
He dedicado demasiadas noches de insomnio a pensar en los días perdidos.
Un piano cayendo por un balcón es una metáfora de cuando yo corro a buscarte.
Un violín desafinado no para de tocar cuando me fumo el cigarro justo antes de (no) dormir.
Mira, un pájaro sin alas también puede volar, ¿cómo no lo voy a hacer yo?
Cuando destruyo todo lo que me queda soy realmente libre y pienso en tu celda olvidada y oxidada.
Tira las llaves, ya no hay nadie a quien encerrar y que se vuelva loco.
Podría hacer un monólogo entero de cuando te acercabas con una bandeja de plata a darme de comer mi propia cabeza. Te has ganado la propina: mi corazón.
Odiaba cuando veía luz por la pequeña ventana que había en la pared justo al lado del podrido váter.
Luz significa sol. Y sol significa día. Y contar los días significaba que seguía teniendo alguna manera de contar el tiempo.
Y eso fue lo que abrió la puerta de la celda. Contar el tiempo.
Cuando estás encerrado en unas paredes que sólo hablan de toxicidad.
De unas paredes que parecen manos.
De manos que te encierran y de voces que llaman a eso amor.
Cuando vives rápido y estás acostumbrado a correr.
Te meten en una habitación y la puerta la cierras tú mismo.
Como cerrar un puño hasta apretar. Con tanta fuerza que parece que va a romper.
Imbéciles, anegados, torpes, tóxicos mutuamente.
Creemos hasta doler. Y dolemos hasta destruir.
Abro la puerta y salgo de tu cárcel. La luz me ciega.
A veces, es bonita la oscuridad.
Comprendo que alguien está cantándonos un réquiem en algún lugar del mundo en el que nunca hemos estado.
Y cuando digo comprendo, digo que imagino, porque la luz sigue sin dejarme ver.
Imagino las cosas, que no las comprendo.
Después, doy un paso al frente. Alguien me ha empujado.