Te has subido al tren.
Y las puertas se han cerrado.
Te escribo esto desde el asiento trasero de un taxi. Nadie me mira, pero yo les miro a todos. La ciudad pasa rápido a través de la ventanilla: gente con prisa, gente parada, gente que ríe, gente que habla, gente callada ante el ruido de las calles anchas que llevan todas al mismo monumento.
Yo sólo te escribo para pedirte perdón. Perdón por no correr un poco antes o un poco más para que no se hubieran cerrado las puertas justo en el momento en el que tú mirabas si mi asiento estaba vacío. Ya sabes, el 7B, coche 8. Espero que algunas revistas buenas hayan llenado bien mi hueco. O tu bolso. O tus putas piernas.
Qué pena haberme quedado aquí. Estoy volviendo a casa. Ya te siento lejos. Es como que tú te vas a un lado y yo justo al contrario a la vez. Y cada vez más lejos.
Y más.
Y más.
Y más.
Me pregunto si acabaremos chocando de frente. Ya sabes, como si fuera necesario recorrer el radio de la Tierra.
El caso es que tú has llegado y habrás mirado mi asiento, luego habrás dado mirado el reloj y ni siquiera le habrás dado importancia al hecho de que estuviera llegando tarde, porque lo hago más que a menudo. Después habrás cogido el móvil y me has mandado el mensaje de ''Tarde como siempre. Tarde, como siempre.'' Y es cierto, siempre tarde. Luego habrá sonado el aviso por megafonía y habrás vuelto a mirar el reloj. Después, habrás echado la vista a través de la ventanilla para otear el andén. Y yo no he aparecido hasta el momento del último aviso.
Soy un protagonista con un papel secundario en esta historia. Y no lo entiendo.
Yo corriendo. Tú dices que no le pongo pasión a lo que hago. Pues bien, creo que en una de esas zancadas hacia ti se me ha caído el alma y la he pisado.
Cuando he llegado, las puertas cerradas, inevitablemente Tú me has mirado de reojo, para ver qué hacía, como un desconocido curioso de historias que no tienen nada que ver con él. Luego has apartado la mirada y te has puesto los cascos. ¿Con qué canción te estarás yendo? No sé cuál es, pero ya la he aborrecido.
Yo he empezado a pegarle golpes al cristal. El tren se ha puesto en marcha. No había un puto vagón que no golpeara con la impotencia en las manos.
Ahora el taxista se para en mi destino. Le pago con propina. Después, salgo del coche y contemplo la naturaleza fatigada por el hombre. Siempre acabo en el mismo puente desde donde se ve toda la ciudad. Sin ti es menos bonita.
No hay puente sin suicida. Y no hay suicida sin puente.
por la noche sigue funcionando.
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sábado, 15 de marzo de 2014
lunes, 10 de marzo de 2014
Condal.
Estabas mirando Barcelona,
como si fuera la primera vez
que notas el aire en tu cara
y descubres cómo la ortogonalidad
puede producir curvas infinitas.
Estabas mirando Barcelona,
y yo tus pies, cómo andaban,
sobre esas formas,
con esas maneras,
con esa forma de perder las maneras.
Tu sonrisa desatando
una lucha de gigantes
entre el gótico y las ramblas,
parpadeando en algún bar
del raval, perdiendo
la vergüenza en cualquier
botellín de cerveza que pagaste
con venir.
Vienes. Y yo me voy.
Qué incongruencia eso de
no poderse quedar donde quieres
estar.
Al menos un poco más.
Y miras. Y fumas.
Y desatas la locura
de no poder besar.
Besar hasta quemar.
Ya sabes.
Tú miras Barcelona,
como si fuera el rincón
más bonito del mundo
y yo te miro a ti,
como si fueras el sitio
en el que me quisiera quedar.
como si fuera la primera vez
que notas el aire en tu cara
y descubres cómo la ortogonalidad
puede producir curvas infinitas.
Estabas mirando Barcelona,
y yo tus pies, cómo andaban,
sobre esas formas,
con esas maneras,
con esa forma de perder las maneras.
Tu sonrisa desatando
una lucha de gigantes
entre el gótico y las ramblas,
parpadeando en algún bar
del raval, perdiendo
la vergüenza en cualquier
botellín de cerveza que pagaste
con venir.
Vienes. Y yo me voy.
Qué incongruencia eso de
no poderse quedar donde quieres
estar.
Al menos un poco más.
Y miras. Y fumas.
Y desatas la locura
de no poder besar.
Besar hasta quemar.
Ya sabes.
Tú miras Barcelona,
como si fuera el rincón
más bonito del mundo
y yo te miro a ti,
como si fueras el sitio
en el que me quisiera quedar.
lunes, 3 de marzo de 2014
Obviedades.
Supongamos que las miradas son árboles.
Pues bien, tú eres viento y los arrancas todos de golpe.
Supongamos que vienes a decirme qué tal.
Y yo no sé contestarte que bien.
Porque la verdad, no estoy bien.
Al menos, no, si no te acercas un poco más.
Supongamos que luego tú sonríes
porque no he sabido contestar
a tu mierda de pregunta.
Y yo me olvido de pensar.
Mira, no te puedo leer más.
Tienes las páginas dobladas,
las hojas marcadas,
las palabras subrayadas.
Mira, a veces creo que no.
Que no fue bonito.
Ni mientras duró.
Tú siempre tan tormenta
haciendo ese pequeño huracán
con tu pestañeo.
Y yo siempre tan devastado,
tan tercermundista,
que me moría de hambre de ti.
Mira, me quedo desnudo
y me acongojo en tus pasiones.
Pásame esa nota de suicidio,
que la voy a copiar.
La nota es el si bemol.
Y tú la sabes entonar.
Y lo que no sabes es el tono,
pero de mis sábanas.
Y luego miras que
no haya nadie.
Y besas.
Te crees que Madrid sólo tiene
dos ojos y solo una gran vía.
Supongamos que los labios son árboles.
Pues bien, tú eres viento. Y los has talado.
Cuando te creas que el mundo no gira alrededor de ti y que eres tú quien gira alrededor de él, te darás cuenta de que sí.
Que eres viento.
Y que ojalá yo sea mundo.
domingo, 23 de febrero de 2014
Domingo y llueve.
Nos contemplas bajo la lluvia helada
el invierno ha hecho estragos
después de tantos tragos
tú sólo miras a tu alrededor, desesperada.
Miras entre los árboles
y no alcanzas a ver el bosque
que te ha visto crecer,
que ha visto tus hojas caer.
Que ha visto tu primavera pasar.
Y pasas frente espejos,
cantando nuestra canción.
Hoy solo sabes mirar,
asustada por todo lo que nunca dijimos.
Has convertido los colores cálidos
en tu piel,
desbordándote de acuarelas,
que te dejan manchada
y no paran de recordarte
todas las canciones tristes
que te hicieron llorar.
Hoy tú eres el bosque,
que se revuelve en el invierno,
suplicando lluvia que le moje las ramas.
No he visto a nadie amar tanto la lluvia
como a ti.
Suplicando a algún Dios que no existe
que te mire.
Igual que tú te miras al espejo
como si fuera la primera vez
que ves llover,
que ves caer,
el agua sobre tu piel.
Manchándote las cicatrices
de colores,
ocultando las heridas
tras trazos de pintores,
tras compases de canciones
que nunca hablaron
de ti y de mí.
Y tú sabes mejor que nadie
ser domingo.
Ser resaca.
Ser final de semana.
Ser el sabor de boca
de todo lo que soñamos el sábado.
Está lloviendo,
y estoy en el bosque.
¿Dónde estás?
Te estoy sintiendo caer.
Llueves.
el invierno ha hecho estragos
después de tantos tragos
tú sólo miras a tu alrededor, desesperada.
Miras entre los árboles
y no alcanzas a ver el bosque
que te ha visto crecer,
que ha visto tus hojas caer.
Que ha visto tu primavera pasar.
Y pasas frente espejos,
cantando nuestra canción.
Hoy solo sabes mirar,
asustada por todo lo que nunca dijimos.
Has convertido los colores cálidos
en tu piel,
desbordándote de acuarelas,
que te dejan manchada
y no paran de recordarte
todas las canciones tristes
que te hicieron llorar.
Hoy tú eres el bosque,
que se revuelve en el invierno,
suplicando lluvia que le moje las ramas.
No he visto a nadie amar tanto la lluvia
como a ti.
Suplicando a algún Dios que no existe
que te mire.
Igual que tú te miras al espejo
como si fuera la primera vez
que ves llover,
que ves caer,
el agua sobre tu piel.
Manchándote las cicatrices
de colores,
ocultando las heridas
tras trazos de pintores,
tras compases de canciones
que nunca hablaron
de ti y de mí.
Y tú sabes mejor que nadie
ser domingo.
Ser resaca.
Ser final de semana.
Ser el sabor de boca
de todo lo que soñamos el sábado.
Está lloviendo,
y estoy en el bosque.
¿Dónde estás?
Te estoy sintiendo caer.
Llueves.
lunes, 17 de febrero de 2014
So(ñ/n)ar
Hoy te has despertado,
cuando la luna aún estaba cayendo,
huyendo de la luz,
del sol.
Creyéndote un interludio
entre astros,
como si el firmamento
fuera solo por por un momento
quien te dibuja,
quien te fotografía,
quien te ilumina.
Y no tú a él.
Has cogido tu taza de café
y has hundido tus manos
en su cerámica con dibujos
que no para de quemar.
Y tú soplas.
Y cambias todo de dirección,
intentando congelar su contenido.
Pero lo haces con todo lo demás.
Has podido resistirte
a mirar por la ventana
y te has vestido como
de verdad querías,
sin importar de qué
humor se hubiera despertado
hoy el sol.
Así que cuando tu reflejo
te mira, te sonríe, te modela
en esa devolución de luces,
no le paras de reír todos los gestos.
Hasta cuando te pone
cara de seria.
Así que hoy sales sin planes,
a ver Madrid,
que hoy se retuerce en la cama
como alguien que ayer salió
de fiesta y hoy no puede ni mirar.
Así que sales a despertarla,
y caminas sin mirar al suelo,
como si pasaras por aquella
calle todos los días,
porque la vida
son dos canciones,
una película,
un amor de verano,
una decepción de otoño
un esperar la primavera,
un desesperar el invierno.
Porque no mirar atrás
no significa que tu pasado
sea tu futuro,
significa que hiciste lo que
hiciste por cualquier razón,
que el amor mueve al mundo,
y que el mundo mueve al amor.
Que sonar y soñar
sólo se diferencian por un símbolo,
y entonces una canción
no tiene que ser tan distinta
a una persona.
¿Ves?
Por eso cuando le has dado
al play, a tu canción favorita,
te has acordado de mí.
¿Te suena?
¿Me sueñas?
martes, 11 de febrero de 2014
Siempre te vas.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
La estación es casi tan inalcanzable como tu pecho a punto de explotar después de una risa ininterrumpida.
Se acerca mediados de febrero y yo todavía estoy asimilando el cambio de año.
Todos los cambios me desconciertan. Ahora suena otra música y el ritmo de mis pies...Mierda. No paro de pisarte.
A veces cojo trenes que se pasan tu parada y te miro desde la ventana, cómo pasas, como un punto insignificante que no modifica sus coordenadas. Y yo no paro de alejarme siempre en dirección contraria a ti.
No paro de mirar el reloj. Te llego tarde.
Exactamente ya veintisiete minutos. Casi media hora. Y es casi medio día.
El tren de las doce.
A ver si llego. Cojo el equipaje, nervioso. Corro. Entre escombros, por no perderme entre tanta ruina de lo que fue.
Y me siento. A esperar.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
Las 11:59.
Falta un minuto para que falten veinte para verte.
Y lo único que quiero es que pasen veintiuno.
Miro a los dos lados, como si el tren pudiera venir en cualquier dirección.
Y luego miro el cielo, como si también pudiera caer desde ahí.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
Las 12:10.
Parece que se retrasa un poco.
Tú espérame, que te llego.
Te llego tarde, pero voy a visitarte.
Abro una revista y me convenzo de que leo,
quitándole importancia al hecho de que tarde más en verte.
Pero cierro.
Cierro todo y me levanto.
Suena una voz en el megáfono.
Dicen que hoy no hay trenes que lleguen a ti.
Que has llovido.
Y te has inundado.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
A veces insistimos en coger personas que nunca van a pasar.
Y sólo cogemos lo que se queda. Lo que pasa y no se va.
Y tú siempre lo haces.
Siempre te vas.
La estación es casi tan inalcanzable como tu pecho a punto de explotar después de una risa ininterrumpida.
Se acerca mediados de febrero y yo todavía estoy asimilando el cambio de año.
Todos los cambios me desconciertan. Ahora suena otra música y el ritmo de mis pies...Mierda. No paro de pisarte.
A veces cojo trenes que se pasan tu parada y te miro desde la ventana, cómo pasas, como un punto insignificante que no modifica sus coordenadas. Y yo no paro de alejarme siempre en dirección contraria a ti.
No paro de mirar el reloj. Te llego tarde.
Exactamente ya veintisiete minutos. Casi media hora. Y es casi medio día.
El tren de las doce.
A ver si llego. Cojo el equipaje, nervioso. Corro. Entre escombros, por no perderme entre tanta ruina de lo que fue.
Y me siento. A esperar.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
Las 11:59.
Falta un minuto para que falten veinte para verte.
Y lo único que quiero es que pasen veintiuno.
Miro a los dos lados, como si el tren pudiera venir en cualquier dirección.
Y luego miro el cielo, como si también pudiera caer desde ahí.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
Las 12:10.
Parece que se retrasa un poco.
Tú espérame, que te llego.
Te llego tarde, pero voy a visitarte.
Abro una revista y me convenzo de que leo,
quitándole importancia al hecho de que tarde más en verte.
Pero cierro.
Cierro todo y me levanto.
Suena una voz en el megáfono.
Dicen que hoy no hay trenes que lleguen a ti.
Que has llovido.
Y te has inundado.
A veces insistimos en coger trenes que nunca van a pasar.
A veces insistimos en coger personas que nunca van a pasar.
Y sólo cogemos lo que se queda. Lo que pasa y no se va.
Y tú siempre lo haces.
Siempre te vas.
domingo, 9 de febrero de 2014
Dejemos de existir, pero sólo por momentos.
Todos ellos piensan que soy diferente.
Pero realmente yo veo normal estar preocupada constantemente de todo, del reflejo del espejo, de los pasillos del colegio, de cómo me mira aquel chico que nunca se ríe.
A veces yo tampoco me río mucho. Intento justificarme en el hecho de que no es una de las etapas más felices de mi vida.
Me escondo en la música. Creo que hay canciones que se han escrito para mí. Cuentan mi historia, nuestra historia.
Luego leo a gente que lo único que hace es nombrarte en todos sus versos, creyendo que cuando apareces por el final de la calle en dirección a mí, acabarás abrazándome y no dándome de hostias.
Después veo alguna película que no para de enseñarme cómo te vas.
Entonces yo me encierro en el baño. Alguien me enseñó que las debilidades no se deben mostrar, que nadie debe verte llorar. Que una lágrima es un punto flaco en el que los demás se pueden apoyar para hacerte daño. No sé quién fue el gilipollas que me lo dijo.
Pero me miro al espejo después de correr el pestillo y creo que tiene razón. Se me ve tan frágil que de un soplido alguien me podría romper. Así que cierro la ventana, para no correr riesgos de derrumbamiento. Me siento en la tapa del váter y me escondo en mi pelo, encojo las piernas y me abrazo a mí misma.
Nadie entiende mis leyes de derrumbamiento. Ni yo tampoco.
Porque a veces se quiebra un pilar y otras veces cruje una viga.
El caso es que siempre acaba todo esto en escombros y nadie quiere levantar después ni un ladrillo.
Entonces corro.
Salgo del baño.
Cojo papel y boli.
Y subo a la terraza.
Aquí nadie sabe que existo más que las nubes.
Que se atormentan.
Chocan, como mis pensamientos.
Y se unen en cantidades más grandes.
Amenazantes de llover.
Aquí sólo puedo ser yo.
Y el precipicio que se avecina.
Asomarse a grandes alturas.
<<Lo siento.>> es la única forma de empezar y de terminar una carta de suicidio.
Lo siento por no saber existir de mi mejor forma.
Lo siento por no saber ver nunca lo bueno.
Lo sientes por dejar de lado,
lo que siempre te viene de frente.
Así que me subo al precipicio,
imponente como la tormenta,
amenazando con caer,
como la lluvia.
Y entonces les doy la gran satisfacción
a todos esos que me miraban por encima
de un hombro que no me llegaba
a la altura de mis zapatos.
Y me dejo caer.
Ingrávida casi.
Con tan poco peso
como las gotas de agua.
Y me evaporo.
¿Lo ves?
Qué poco cuesta dejar de existir.
¿Lo ves?
Yo también puedo ser lluvia.
Y cuando llega el momento de la caída, despierto.
Me levanto sobresaltada, y me doy cuenta que no podría haber peor final que no dejar que la vida sea. Sea como sea.
Y entonces cojo mi libro favorito y empiezo a leer.
Y decido que esta es la mejor forma de dejar de existir.
Pero realmente yo veo normal estar preocupada constantemente de todo, del reflejo del espejo, de los pasillos del colegio, de cómo me mira aquel chico que nunca se ríe.
A veces yo tampoco me río mucho. Intento justificarme en el hecho de que no es una de las etapas más felices de mi vida.
Me escondo en la música. Creo que hay canciones que se han escrito para mí. Cuentan mi historia, nuestra historia.
Luego leo a gente que lo único que hace es nombrarte en todos sus versos, creyendo que cuando apareces por el final de la calle en dirección a mí, acabarás abrazándome y no dándome de hostias.
Después veo alguna película que no para de enseñarme cómo te vas.
Entonces yo me encierro en el baño. Alguien me enseñó que las debilidades no se deben mostrar, que nadie debe verte llorar. Que una lágrima es un punto flaco en el que los demás se pueden apoyar para hacerte daño. No sé quién fue el gilipollas que me lo dijo.
Pero me miro al espejo después de correr el pestillo y creo que tiene razón. Se me ve tan frágil que de un soplido alguien me podría romper. Así que cierro la ventana, para no correr riesgos de derrumbamiento. Me siento en la tapa del váter y me escondo en mi pelo, encojo las piernas y me abrazo a mí misma.
Nadie entiende mis leyes de derrumbamiento. Ni yo tampoco.
Porque a veces se quiebra un pilar y otras veces cruje una viga.
El caso es que siempre acaba todo esto en escombros y nadie quiere levantar después ni un ladrillo.
Entonces corro.
Salgo del baño.
Cojo papel y boli.
Y subo a la terraza.
Aquí nadie sabe que existo más que las nubes.
Que se atormentan.
Chocan, como mis pensamientos.
Y se unen en cantidades más grandes.
Amenazantes de llover.
Aquí sólo puedo ser yo.
Y el precipicio que se avecina.
Asomarse a grandes alturas.
<<Lo siento.>> es la única forma de empezar y de terminar una carta de suicidio.
Lo siento por no saber existir de mi mejor forma.
Lo siento por no saber ver nunca lo bueno.
Lo sientes por dejar de lado,
lo que siempre te viene de frente.
Así que me subo al precipicio,
imponente como la tormenta,
amenazando con caer,
como la lluvia.
Y entonces les doy la gran satisfacción
a todos esos que me miraban por encima
de un hombro que no me llegaba
a la altura de mis zapatos.
Y me dejo caer.
Ingrávida casi.
Con tan poco peso
como las gotas de agua.
Y me evaporo.
¿Lo ves?
Qué poco cuesta dejar de existir.
¿Lo ves?
Yo también puedo ser lluvia.
Y cuando llega el momento de la caída, despierto.
Me levanto sobresaltada, y me doy cuenta que no podría haber peor final que no dejar que la vida sea. Sea como sea.
Y entonces cojo mi libro favorito y empiezo a leer.
Y decido que esta es la mejor forma de dejar de existir.
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